Pero nuestra oposición va mucho más allá del procedimiento.
En el momento en que los inversores externos adquieren participaciones en las competiciones de la FIFA, el fútbol cambia para siempre. La rentabilidad comercial se convierte en una obligación permanente. Las expectativas de los inversores se transforman en una presión diaria. A partir de ese momento, cada decisión sobre el calendario internacional, cada decisión sobre los formatos de competición y cada decisión que moldea el futuro del fútbol ya no se rige por lo que más beneficia al deporte, sino por lo que más beneficia a los accionistas.
Este modelo no tiene cabida en el fútbol mundial. El futuro del fútbol no puede estar condicionado por las expectativas de quienes priorizan maximizar sus beneficios económicos. Tampoco pueden los intereses de las federaciones nacionales, las ligas, los clubes, los jugadores y los aficionados quedar subordinados a las ganancias de los inversores. El fútbol no puede hipotecar su futuro por dinero.
La postura de Europa es clara. Jamás legitimaremos este modelo. Nadie tiene la autoridad moral para vender aquello que simplemente custodia para la próxima generación.
Como resultado del debate de hoy, ninguna selección nacional de la UEFA participará en ninguna competición de la FIFA mientras estas propuestas sigan vigentes, a menos que esta propuesta se haya abandonado en su totalidad y se hayan dado garantías vinculantes de que la FIFA nunca más abrirá su gobernanza ni sus competiciones a la propiedad privada.
Que nadie lo dude: la UEFA y sus federaciones nacionales se opondrán a estos planes con absoluta determinación.
Hay momentos en que las instituciones no son juzgadas por lo que están dispuestas a aceptar, sino por lo que se niegan a ceder. Este es uno de esos momentos.
Hay cosas demasiado importantes como para venderlas. La Copa Mundial de la FIFA pertenece al fútbol. Siempre será así. Y mientras Europa tenga voz, jamás estará a la venta.
Se trata de una una propuesta estratégica para crear una empresa filial comercial dedicada exclusivamente a centralizar, gestionar y potenciar los derechos audiovisuales, patrocinios, licencias y la venta de entradas de sus principales torneos, incluidos nada menos que la Copa del Mundo de Selecciones y el Mundial de Clubes.
El plan contempla vender entre un 20% y un 30% de esta nueva sociedad a inversores privados (como el fondo Thrive Eternal de Joshua Kushner y con la asesoría de JPMorgan), tasando el valor total de la filial en unos 20,000 millones de dólares.
Financiamiento récord: Con los ingresos adicionales generados, la FIFA planea aumentar las distribuciones para sus 211 federaciones miembro. Promete subir la ayuda del programa FIFA Forward de los 8 millones de dólares actuales a 20 millones para el ciclo 2027-2030, sumando otros 20 millones adicionales mediante el nuevo fondo FIFA Fast-Forward para infraestructura.
El rol de las federaciones: Las asociaciones nacionales no serán accionistas directas de FFE, sino beneficiarias del dinero inyectado. La FIFA ha fijado el 19 de septiembre de 2026 como fecha límite para que aprueben o rechacen la propuesta.
Las razones del enojo de la UEFA con la FIFA
Falta de consulta previa: desde el Viejo Continente denunciaron haberse enterado de los planes a través de la prensa, criticando la total ausencia de transparencia en el proceso.
Presión financiera: La UEFA acusó a la FIFA de extorsionar a las federaciones con un ultimátum, ya que aquellas que no respalden el proyecto antes del límite perderán el millonario pago único prometido.
Pérdida de la esencia del deporte: Sindicatos de jugadores, grupos de aficionados y figuras políticas de la Unión Europea temen que la entrada de capital privado priorice las ganancias financieras por encima del bienestar deportivo, provocando un aumento desmedido en el precio de los boletos o la sobreexplotación de los torneos.