La salida de Alberto Tévez éste 3 de abril no fue una renuncia más. Fue un portazo con denuncia pública que dejó al descubierto lo que muchos dentro de la Policía del Chaco dicen en voz baja: la crisis es insostenible.
Con 11 años dentro de la fuerza, Tévez decidió romper el silencio y exponer una realidad que incomoda: policías cobrando alrededor de un millón de pesos mientras el costo de vida se dispara sin control. Su mensaje fue directo, sin maquillaje: “La vocación no alcanza cuando tu familia no llega a fin de mes”.
El detonante final fue el aumento del 5%, al que calificó como “una burla”. Pero lo más grave, según denunció, es el sistema en sí:
no pueden tener otro trabajo, no pueden emprender, no pueden buscar alternativas. “Te atan las manos y te dejan caer”, deslizan desde el entorno policial.
En su descargo, Tévez fue más allá y apuntó sin rodeos contra el poder político: acusó a las autoridades de priorizar la foto y el marketing de seguridad mientras los efectivos atraviesan una situación límite. En otras palabras: más propaganda que soluciones.
Su caso encendió una mecha peligrosa. Porque no se trata solo de un policía que se va, sino de un síntoma de algo más profundo:
una fuerza desgastada, mal paga y cada vez más desmotivada.
A pesar de la explosión mediática, Tévez dejó en claro que se retiró sin manchas, con un legajo impecable. Pero el mensaje ya quedó instalado y es difícil de apagar:
¿quién cuida a los que tienen que cuidar?